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Los demás se habían ido hacía ya mucho rato en el último tranvía hacia Monteverde. Ricardo y yo habíamos decidido quedarnos un rato más, aunque todos los bares estaban cerrados. Íbamos bastante borrachos (a punto de "caer redondos") y fue él quien me propuso subir al mirador del Gianicolo. Cuando cruzamos la verja del parque, me cogió de la mano, sin decirme una palabra. Fui yo el primero en besarlo y en desabotonarle la bragueta. Y allí acabamos los dos aquella madrugada de junio: tendidos sobre el césped, con los calzoncillos sobre las rodillas, escondidos detrás del monumento a Anita Garibaldi, quien galopaba con júbilo salvaje al tiempo que disparaba contra las estrellas con su pistola de bronce.
Todo había resultado tan sencillo que me preguntaba por qué no lo había hecho antes.
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El centurión. Óscar Esquivias. Pampanitos verdes. Ediciones del Viento, 2010.

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