Darío ordenó a su cochero que subiese al Pincio: era obligatoria
la vuelta por el Pincio en aquellos claros atardeceres magníficos. Y llegaron
primero a la plaza del Pueblo, la más abierta y de mayor regularidad que tiene
Roma, con las varias calles que a ella afluyen y las iglesias simétricas, el
obelisco central y sus dos masas de arbolado, que hacían juego, a uno y otro
lado de la blanca calzada, entre los edificios majestuosos, dorados por el sol.
A continuación se metió el coche por los vericuetos del Pincio, camino
zigzagueante, magnífico, adornado de bajos relieves, de estatuas, de fuentes;
una verdadera apoteosis de mármol, un recordatorio de la Roma antigua que se
alzaba entre la vegetación. Cuando llegaron a lo alto, le produjo a Pedro aquel
jardín una impresión de pequeñez; aquello no era más que un gran cuadrado, con
las cuatro avenidas indispensables para que los carruajes pudiesen girar
indefinidamente. Aquellas avenidas se hallaban bordeadas por una hilera
interrumpida de bustos de los hombres ilustres de la antigua y la nueva Italia.
Admiró, sobre todo, los árboles, los ejemplares más variados y raros,
seleccionados y conservados con sumo cuidado, casi todos de follaje permanente;
esto hacía que, lo mismo en verano que en invierno, persistiese allí la
admirable umbría, matizada con toques de todos los tonos verdes imaginables. El
carruaje empezó a dar vueltas por aquellas frescas avenidas, en pos de otros
carruajes, que formaban una corriente continua, que nunca disminuía.
Émile Zola. Roma. CVS Ediciones, 1975.

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