domingo, 16 de noviembre de 2014

Paseos por Roma (Sthendal)




1 de abril de 1828

El resto más bello de la Antigüedad romana es sin duda el Panteón. Este templo ha sufrido tan poco, que lo vemos como los romanos. El año 606, el emperador Focas, el mismo a quien las excavaciones de 1813 han devuelto la columna del foro, donó en Panteón al papa Bonifacio, que lo convirtió en iglesia ¡Qué lástima que en 606 no se apoderase la religión de todos los templos paganos! La Roma antigua estaría  toda ella casi en pie.
El  Panteón tiene esa gran ventaja: bastan dos instantes para penetrarse de su belleza. El visitante se para ante el pórtico, avanza unos pasos, ve la iglesia y se acabó. Esto que acabo de decir le basta al extranjero; no necesita otra explicación; el encanto que te produzca el monumento será proporcional a la sensibilidad que el Cielo le haya dado por las bellas artes. Creo que no he conocido nunca a un ser que no se emocione en absoluto al ver el Panteón. Este celebre templo tiene, pues, algo que no se encuentra ni en los frescos de Miguel Ángel ni en las estatuas del Capitolio. Creo que esa inmensa bóveda, suspendida sobre sus cabezas sin apoyo aparente, inspira a los tontos el sentimiento del miedo; no tardan en tranquilizarse y se dicen: "¡Y es, sin embargo, por complacerme por lo que se han tomado la molestia de ofrecerme una sensación tan fuerte!"

Sthendal. Paseos por Roma. Alianza editorial, 2007.

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