Guia literaria de Roma; un mapa de la ciudad eterna a través de las palabras de escritores de todos los tiempos. Se agradecen pistas y aportaciones: i.echartevidarte@gmail.com.
viernes, 12 de septiembre de 2014
Guía para viajeros inocentes (Mark Twain)
¿Qué hay en Roma que yo pueda ver y que los demás no hayan visto antes que yo? ¿Qué hay allí que yo pueda tocar y que los otros no hayan tocado? ¿Qué hay allí que yo pueda sentir, aprender, oír, saber, que me emocione antes de pasar a otros? ¿Qué puedo descubrir? Nada. Nada de nada. Uno de los encantos del viaje muere aquí. Pero, ¿y si fuera romano? Si, además de mis dones, pudiese contar con la pereza del romano moderno, la superstición del romano moderno y la ilimitada ignorancia del romano moderno. ¡Qué sorprendentes mundos de maravillas insospechadas podría descubrir! Ah, si fuese un habitante de la Campania, a veinticinco millas de Roma. Entonces si viajaría.
(...)
Todo el mundo ha visto la imagen del Coliseo; todo el mundo reconoce enseguida esa sombrerera "con ventanas y recodos pronunciados" a la que le han arrancado un lado de un mordisco. Como está bastante aislado, luce más que cualquier otro de los monumentos de la antigua Roma. Hasta el hermoso Panteón, cuyos altares paganos sostienen ahora la cruz, y cuya Venus, engalanada con baratijas consagradas, cumple, reacia, los deberes de la Virgen María, está rodeada de casuchas cochambrosas que deslucen, tristemente, su majestuosidad. Pero el monarca de todas las ruinas europeas, el Coliseo, mantiene esa reserva y real retiro que son propios de la majestad. Las malas hierbas y las flores surgen entre sus arcos macizos y sus gradas circulares, y las enredaderas dejan colgar sus flecos desde los altísimos muros. Un silencio impresionante se cierne sobre la monstruosa estructura, en la que multitudes de hombres y mujeres solían reunirse en tiempos pasados. Las mariposas han ocupado el lugar de las reinas de la belleza y de la moda de hace dieciocho siglos, y los lagartos se asolean en el sagrado trono del emperador. Más vívidamente que todas las crónicas escritas, el Coliseo nos cuenta la historia de la grandeza de Roma y la de su decadencia. Y constituye el ejemplo más meritorio de esos dos tipos de historia.
(...)
Sólo de pensar en el Vaticano me mareo: esa locura de estatuas, pinturas y curiosidades de todo tipo y de todas las edades. Allí los Maestros Antiguos (sobre todo en escultura) casi se apelotonan. No soy capaz de escribir nada acerca del vaticano. Creo que jamás recordaré claramente ninguna de las cosas que allí vi, a excepción de las momias, y "La Transfiguración" de Rafael, y algunas otras cosas que no resulta necesario mencionar ahora. Recordaré "La Transfiguración" en parte porque estaba situada en una sala casi sola; en parte porque todos dicen que es la primera pintura al óleo del mundo; y en parte porque era increíblemente hermosa. Los colores son refrescantes, suntuosos, la "expresión" según dicen, es la adecuada, la "impresión" es realista, el "tono" es bueno, la "intensidad" es profunda, y el ancho ronda el metro y medio, un poco a ojo. Es un cuadro que realmente llama la atención; su belleza resulta fascinante. Es lo bastante bueno como para ser un Renaissance. Una de las afirmaciones que realicé hace un rato nos da una idea... y algo de esperanza. ¿no es posible que el motivo por el que ese cuadro me resulta atractivo sea porque se halla alejado del caos de las galerías? Si apartaran de allí algunos de los otros cuadros, ¿no serían bonitos? Si éste estuviera en medio de la tempestad de cuadros que encontramos en las enormes galerías de los palacios romanos. ¿me parecería tan hermoso? Si, hasta ese momento, hubiese visto sólo un Maestro Antiguo en cada palacio, en vez de acres y acres de paredes y techos prácticamente empapelados con ellos, ¿no tendría yo una opinión más civilizada de los Maestros Antiguos que la que tengo ahora? Yo creo que sí.
(...)
Pero la manera más segura de dejar de escribir sobre Roma es renunciar a hacerlo. Yo deseaba escribir un verdadero capítulo de guía de viajes sobre esta fascinante ciudad, pero no he podido porque, al mismo tiempo, me he sentido como un niño en una tienda de caramelos: podía elegir cualquier cosa, pero me resultaba imposible elegir. He recorrido a la deriva mis cien páginas de manuscrito sin saber por dónde comenzar. Así que no comenzaré. Nos han examinado los pasaportes. Nos vamos a Nápoles.
Mark Twain. Guía para viajeros inocentes. Ediciones del viento, 2009.
Etiquetas:
Coliseo,
La Transfiguración,
Mark Twain,
Panteón,
Rafael,
Roma,
Vaticano
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario